Fue en aquellos veranos en Necochea. Recuerdos casi esfumados que comienzan ahora a hacerse más precisos. Mis cuatro primos y yo en aquel enorme patio de tierra con manzanos y perales como para tentar a un chico de ocho años que llegaba de la Capital. Mi primo Orlando de siete años, a fuerza de constancia lograba meterme en su mundo. Con latas de sardinas vacías y en series de tres o cuatro se desplazaba por el patio de tierra hasta atravesar un puente de madera construido sobre un pozo (que obviamente era el río). Mientras nosotros deambulábamos por los árboles buscando frutas oíamos a Orlando imitar el sonido de un camión subiendo la cuesta…”¡niá, niá, niá”, hacía con la boca mientras vigilaba que la “tropa” de camiones –como él la llamaba- ingresara en perfecto orden al “puente”. Poco a poco me fui incorporando a la tarea de jugar y viví con Orlando y los camiones momentos que fueron cada vez de mayor placer y acepté ya con toda naturalidad que el mundo, el espacio donde desempeñábamos algunos roles relacionados con la carga, desperfecto de los motores y una especie de sociedad que habíamos organizado, era tan real como todos los otros momentos y espacios donde desarrollábamos nuestras vidas. Terminé por tener mi propia tropa “camiones” que fui perfeccionando: latas más grande, de colores. Orlando me dejó generosamente usar su puente o mejor dicho, me dejó ingresar a su mundo.
FIDEL MOCCIO: argentino. psicoterapeuta e investigador. Publicó varios libros sobre Psicodrama, Psicoterapia de Grupo, Stress y Biobeedback, Medios Expresivos y Creatividad.
El fragmento de este post pertenece a su libro "CREATIVIDAD", de Ediciones Aucan, abril 1997.





