domingo, junio 10, 2012

CORSO AGUADO. Cuento (C)(R)




            Los comerciantes de la avenida Juan Bautista Alberdi del barrio de Mataderos hacían su aporte dinerario para engalanar las calles de luces multicolores. No podía faltar el palco principal para que las mascaritas hicieran sus trucos y arabescos; murgas de vecinos disfrazados para competir con canciones y piruetas al son de redoblantes, pitos y matracas.

            Al anochecer, cuando el calor de febrero descendía y una suave brisa nos permitía caminar por las calles que habían sido cortadas para el evento, el saquito de hilo de mangas largas era necesario por las dudas que refrescara.

            La reina del carnaval acudiría a su trono en ese escenario con altoparlantes, micrófono y música muy alegre, aplaudida por toda la muchedumbre que se agolpaba de pie para ver quién era elegida la más linda del barrio, entre la espuma, papel picado y agua que salía de los pomos de los más chiquitos. Efímero esplendor de los sueños de las jovencitas que aspiraban la corona y quedaban retratadas en Cavanna el comercio de fotografías más elegante de la zona.

            No faltaba Cuasimodo a la cita, que escondido en su disfraz, caminaba rengo y encorvado, llevando su figura como quien carga una maldición, ridiculizado y mofándose de sí mismo con rictus y muecas de fenómeno maltrecho. Con gritos y sustos asaltaba a alguna santurrona desprevenida que le respondía con una cachetada. En otro momento, perseguía seductoramente a alguna  belleza femenina que también le respondía con rudeza. Escondido detrás de la horripilante máscara de ojos saltones, asustaba a desprevenidas muchachas con su fealdad y el muy astuto disfrutaba a carcajadas de su fechoría. Un universo de delirios efusivos y raptos de contradictorias sensaciones: asco y ternura, violencia y lástima, compasión y rechazo; provocaba este ser salido de una Naturaleza degenerada y contrariada que el mismo personaje encarnaba para simular quién sabe qué inconcientes y depravadas intenciones.

            Sonidos de trompetas anunciaban que seguía una carroza luctuosa engalanada con guirnaldas y flores artificiales; a cada lado del carruaje, una corona de claveles, calas y crisantemos cruzada con una cinta de tafeta violeta que en letras doradas tenía escrito Q.E.P.D. En la parodia fúnebre, un féretro sin tapa contenía el cuerpo de Cuasimodo cubierto con una mortaja. La murga LOS FUNEBREROS, con los elementos adecuados prestados por la Casa Velatoria de Miralla, simulaba un verdadero cortejo acompañado por fantasmas con máscaras tétricas y túnicas blancas bordadas con lentejuelas plateadas que portaban guadañas luminosas en el más absoluto silencio. Al llegar frente al escenario, se detenían y subían el cajón con el difunto, fingiendo una ceremonia presidida por Tingui Tunga ataviado de sacerdote  con sotana negra y cuellito blanco.

Cachito, el carnicero del mercado Demarchi, enmascarado de diablo rojo con un traje al tono pegado al cuerpo, exageraba sus abultados genitales; a él le seguían pequeños diablillos que imitaban sus movimientos teñidos de horror.

Todos, como en un ritual del averno, asaltaron el escenario en una danza macabra, gesticulando mímicas brutales y lanzando aullidos espeluznantes con intención de robarse al muerto que estaba atascado en el cajón; mientras atravesaban por la avenida, angelitos que salieron de El Cedrón y abrieron  sus alas en un vuelo celestial para enfrentar al mismísimo Lucifer.

El público gritaba  alborozado. Hacían apuestas por ángeles y diablos.

La Muerte recitaba a viva voz:



Magistrado, que conocéis sobre justicia
y sobre lo que conviene a grandes y pequeños
con el fin de gobernar a cualquiera
¡venid ahora a esta audiencia!

Yo aquí os convoco de inmediato,
para rendir cuentas de vuestros actos
ante el Gran Jurado que a todos juzga.
Cada uno cargará su propio fardo.
[1]


Sorpresivamente el féretro comenzó a bambolearse y el muerto se levantó. Se quitó la careta y la mortaja, mostrando un maquillaje de payaso bufonesco, simulando tranquilizar su conciencia para desechar la tristeza y darle la bienvenida al  júbilo desenfrenado de las tres noches de carnaval. Daba saltos torpes y ordenaba con aires de fantoche, iniciando la fiesta de la que hasta los más castos y virtuosos gozaban:

- ¡TODOS A BAILAR!

      Sonaba la música a todo volumen. Cuerpos sudorosos y sensuales se contoneaban al ritmo del fuego de la pasión, que los calentaba como brasas deleitándolos en sus juegos caprichosos. Dicha y locura. Borrachos y linyeras. Joyeros y matarifes. Pizzeros y panaderos. Señoras bien y niñas mal danzaban sin saber quién era quién detrás del antifaz.

Los vecinos del barrio se unían al jolgorio entre gritos, desbordes y serpentinas.

Todos danzaban alienados briosamente, despojándose de toda inhibición cuando el estruendo por la caída del escenario dispersó casi con idéntico dinamismo a los concurrentes que como hormigas antes de la tormenta, se desparramaban por el primer resquicio seguro que se presentara ante ellos.

De la nada, un toro embravecido, furioso y desorientado apareció de entre las sombras para causar el desastre nunca antes visto.

Gente herida, tirada en la calle y en las veredas, gritos de espanto. Niños y mujeres que lloraban y otros que rápidamente acudieron en ayuda de los más dañados. Simultáneamente llegaban las ambulancias del Hospital Salaverry para asistir a los más damnificados, en la esquina de Albariño los camiones atmosféricos de Vilariño formaron un muro de contención contra el cual el toro que había escapado del Mercado de Liniers, se estrelló perseguido por las sirenas ululantes de la policía.

Se apagaron las luces de colores. El festival que daba permiso a descubrir con o sin antifaz, los más ocultos planes llegaba a su fin con destrozos y daños que lamentar.

Algunos comían pizza con cerveza en la vereda de la Santa María. Un mozo regordete silbaba un tango, una joven vestida de Blancanieves lamía un helado de chocolate.

Una de las murgas recorrió la pizzería mientras pasaba los sombreros para juntar las últimas moneditas entre los concurrentes, a los que respondían cantando en agradecimiento, demostrando sus destrezas carnavaleras y se despedían de los que todavía los observaban admirados.

Adiós querido auditorio
pronto habremos de volver
para traer a vosotros
las alegrías y el placer
jamás se habrán de olvidar
de los años de su vida
de este conjunto aguerrido

“Los divertidos” se hacen llamar.
Laralailalaralalalá...[2]



[1] La Danza Macabra de Guyot Marchant
[2] Versión: Eduardo Marvezzi – Año: 1938

autora: Susana Ruggiero
DERECHOS RESERVADOS (C)(R)

Este cuento obtuvo el 3er premio en Categoría Cuento - Galardón de Oro en el Concurso Histórico Literario:
"Entre murgas y disfraces...recuerdos de carnaval" otorgado por el Club de Leones de Liniers y la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Liniers el 9/6/2012

9 comentarios:

Catalina Zentner dijo...

¡Lo disfruté a pleno! Un relato costumbrista muy bien llevado, me recordó a los carnavales de Corrientes, cuando la espontaneidad era la esencia de la fiesta.
Lo del toro resultó un ingrediente inesperado, más la cercanía del Mercado de Liniers no dejó lugar a dudas sobre lo real del episodio.
En resumen, Susana, un viaje delicioso a un tiempo de papel picado, agua florida y serpentinas.
Y la alegría del barrio que persiste en la memoria y el corazón.

Rorry_la Charo dijo...

Hermoso, Susu
Recordé los corsos de Flores, las murgas por las calles y, para a quellos que podían pagar la entrada, en el cine Pueyrredón.
Un inesperado visitante irrumpe para dejar su recuerdo en los próximos corsos.
Como siempre, es un placer leerte.Te felicito.
Un beso

Flor dijo...

Me lo llevo para leerlo con calma.

Un beso
Flor

Abuela Ciber dijo...

Me has transportado a años en que los carnavales eran disfrutables a nivel vecinal!!!

Cariños

Dante Bertini dijo...

tu visita inesperada trajo un aire fresco a mi blog; ahora, la mención a Liniers, todos los recuerdos de mi infancia y adolescencia en Almagro, Flores, Floresta, la interminable avenida Rivadavia y mil cosas más.

te dejo un abrazo, y otro más también

Catalina Zentner dijo...

Vuelvo para releerlo, Su, es que encuentro en él instancias guardadas en mi memoria, en una geografía distinta y similar.
Besos, amiga.

tia elsa dijo...

Que lindo relato Su! y es verdad que en esas fiestas todos se unen en el jolgorio y disfrute, ricos y pobres, lindos y feos, son fiestas populares que igualan. Besos y felicitaciones Elsa.

Liliana Lucki dijo...

Por algún extraño motivo ...no figuraba mi comentario. Es imposible no dejar huella , si es premiado y escrito por un ser querido !!!!Admirado !!!!

La infancia, el barrio, los bomberos y los vecinos que mas recuerdo se mezclaron en el cuento con mis recuerdos y tus realidades.

Mis Febreros calurosos, nuestros cumpleaños y los disfraces....Alegrías y placeres. Permitidos en los locos carnavales. Te felicito !!!

Catalina Zentner dijo...

¿Son necesarios mis tirones de orejas para que actualices tu blog?
Mira que estoy más que dispuesta, así que ¡a por ello!