A veces suelo ir al Parque de la Concordia para sentarme debajo del añoso ombú, el único del lugar. Siento que es como ir a la casa de un amigo fiel para que me abrace. Y me quedo reflexionando profundamente acerca de los diferentes misterios que nos presenta la vida cotidianamente. Mientras pienso y reflexiono, acaricio una raíz que está fuera de la tierra. La miro, la observo y la toco. Y visualizo una forma, la de un hombre descansando. Sin dejar de posar mi mano sobre ella intento captar algún mensaje oculto en esa forma, en ese rústico marrón viejo, arrugado, algo roto y agrietado recostado sobre el verde césped recién cortado del parque. Los rayos de sol se colaron por esas grietas e iluminaron mi mente. Y con esa tibia luz matizando el instante en el que siento que vos, que yo, que nosotros, que ellos, que todos, somos como ese árbol. Que las cosas viejas o muertas son semejantes a todo aquello que descansa en nuestras raíces. Son lo que nos sostiene para podernos elevar en el follaje de nuestras vidas y acercarnos hacia lo más alto.
Sigo pensando y me digo: conocer y mantener limpias y sanas nuestras raíces nos arraiga en cualquier suelo…es nuestra riqueza interna que nos sostiene, de allí provienen nuestros frutos y nuestros pájaros libres. Al mismo tiempo me voy dando cuenta que un árbol sin bichos, sin savia, sin hojas y sin pájaros carpinteros que hieran su corteza, quizás no tendría vida. Las heridas y las llagas son parte de la vida de este ombú, de este árbol, que me da sombra, que me cobija, que me permite venir a visitarlo. Y me doy cuenta que me gusta este y no otro cualquiera, porque anida vida en él y sin embargo permite que lo lastimen. Todo esto le aporta diversidades que vuelven a sostenerlo, a erguirlo, a renovar su follaje y a recomenzar como sostén de un nuevo ciclo en su función de continuar dando vida, cubriéndose de colores, de fragancias, de mariposas, de gotitas de lluvia, de savia, de esperanza, aunque sean muy visibles sus cicatrices, algunas más recientes que otras. Yo misma con mis caricias guardo en ese lugar mis fracasos, mis recuerdos buscando consuelo para mis días tristes y savia nueva para volver a empezar, para conectarme con las pasiones alegres, para construir nuevos modos de transitar este parque de mi barrio
Ensimismada en mis pensamientos un hombre joven, muy delgado y harapiento se acerca y me pide dinero para comer. Mientras busco en el bolsillo le pregunto como se llama, que edad tiene, Abriendo su boca desdentada y reseca con apestante olor a alcohol escucho: Cholo, 45 años. Un billete de dos pesos pongo en su mano y se aleja a paso cansado, arrugado y desteñido por la vida. ¿Qué vida? ¿Cómo la del árbol o la de un espantapájaros? ¿Para qué me encontré con Cholo? ¿Quién me lo mandó? ¿Habrá algún Cholo en nuestra familia oculto a las supuestas verdades que tejieron la historia? Lo sigo con la mirada y me doy cuenta que se detiene otra vez a pedir dinero y así continúa su camino dentro del parque, recaudando lo que otros le dan. Cansado de andar se tira sobre el césped y saca de su bolsa una botella de ginebra que ingiere casi con desesperación mientras un pedazo de pan seco lo tritura para darle de comer a las palomas. Y rodeado de las aves queda adormecido, en tanto que se acerca una tormenta no anunciada.
Las hojas crujientes y resecas se desprendieron fácilmente de los árboles y se pegotearon en mi cara transpirada. El parque se despoblaba. Cholo no se inmutaba. Caminé hacia Rivadavia y me refugié en el shopping. A través de los cristales de los locales observaba la lluvia, la avenida casi desierta, el bar con muy pocos ocupantes. Me senté en una mesa. Diminutos huevos de pascua envueltos en papel dorado llenaban una canasta a la espera de ser adquiridos y regalados el próximo domingo, se exhibían sobre la barra de Caffemar junto a diferentes calidades de café en grano para la venta.
Viernes de otoño, viernes santo, día de ocres y oros, de baladas tristes sonando a lo lejos. La pantalla gigante de la TV muestra escenas con fondo de nuestras exuberantes Cataratas del Iguazú. Es un fragmento de la película La Misión. Las imágenes me invaden engarzando en esmeraldas y rubíes este viernes otoñal a punto de desvanecerse mientras el chocolate y la canela del capuchino de hoy se hunden en la espuma blanquísima de la leche y un bombón de ciruela se disuelve en mi boca.
Susana Ruggiero
DERECHOS DE AUTOR.
martes, septiembre 20, 2011
CONCORDIA: de Susuru
A veces suelo ir al Parque de la Concordia para sentarme debajo del añoso ombú, el único del lugar. Siento que es como ir a la casa de un amigo fiel para que me abrace. Y me quedo reflexionando profundamente acerca de los diferentes misterios que nos presenta la vida cotidianamente. Mientras pienso y reflexiono, acaricio una raíz que está fuera de la tierra. La miro, la observo y la toco. Y visualizo una forma, la de un hombre descansando. Sin dejar de posar mi mano sobre ella intento captar algún mensaje oculto en esa forma, en ese rústico marrón viejo, arrugado, algo roto y agrietado recostado sobre el verde césped recién cortado del parque. Los rayos de sol se colaron por esas grietas e iluminaron mi mente. Y con esa tibia luz matizando el instante en el que siento que vos, que yo, que nosotros, que ellos, que todos, somos como ese árbol. Que las cosas viejas o muertas son semejantes a todo aquello que descansa en nuestras raíces. Son lo que nos sostiene para podernos elevar en el follaje de nuestras vidas y acercarnos hacia lo más alto.
Sigo pensando y me digo: conocer y mantener limpias y sanas nuestras raíces nos arraiga en cualquier suelo…es nuestra riqueza interna que nos sostiene, de allí provienen nuestros frutos y nuestros pájaros libres. Al mismo tiempo me voy dando cuenta que un árbol sin bichos, sin savia, sin hojas y sin pájaros carpinteros que hieran su corteza, quizás no tendría vida. Las heridas y las llagas son parte de la vida de este ombú, de este árbol, que me da sombra, que me cobija, que me permite venir a visitarlo. Y me doy cuenta que me gusta este y no otro cualquiera, porque anida vida en él y sin embargo permite que lo lastimen. Todo esto le aporta diversidades que vuelven a sostenerlo, a erguirlo, a renovar su follaje y a recomenzar como sostén de un nuevo ciclo en su función de continuar dando vida, cubriéndose de colores, de fragancias, de mariposas, de gotitas de lluvia, de savia, de esperanza, aunque sean muy visibles sus cicatrices, algunas más recientes que otras. Yo misma con mis caricias guardo en ese lugar mis fracasos, mis recuerdos buscando consuelo para mis días tristes y savia nueva para volver a empezar, para conectarme con las pasiones alegres, para construir nuevos modos de transitar este parque de mi barrio
Ensimismada en mis pensamientos un hombre joven, muy delgado y harapiento se acerca y me pide dinero para comer. Mientras busco en el bolsillo le pregunto como se llama, que edad tiene, Abriendo su boca desdentada y reseca con apestante olor a alcohol escucho: Cholo, 45 años. Un billete de dos pesos pongo en su mano y se aleja a paso cansado, arrugado y desteñido por la vida. ¿Qué vida? ¿Cómo la del árbol o la de un espantapájaros? ¿Para qué me encontré con Cholo? ¿Quién me lo mandó? ¿Habrá algún Cholo en nuestra familia oculto a las supuestas verdades que tejieron la historia? Lo sigo con la mirada y me doy cuenta que se detiene otra vez a pedir dinero y así continúa su camino dentro del parque, recaudando lo que otros le dan. Cansado de andar se tira sobre el césped y saca de su bolsa una botella de ginebra que ingiere casi con desesperación mientras un pedazo de pan seco lo tritura para darle de comer a las palomas. Y rodeado de las aves queda adormecido, en tanto que se acerca una tormenta no anunciada.
Las hojas crujientes y resecas se desprendieron fácilmente de los árboles y se pegotearon en mi cara transpirada. El parque se despoblaba. Cholo no se inmutaba. Caminé hacia Rivadavia y me refugié en el shopping. A través de los cristales de los locales observaba la lluvia, la avenida casi desierta, el bar con muy pocos ocupantes. Me senté en una mesa. Diminutos huevos de pascua envueltos en papel dorado llenaban una canasta a la espera de ser adquiridos y regalados el próximo domingo, se exhibían sobre la barra de Caffemar junto a diferentes calidades de café en grano para la venta.
Viernes de otoño, viernes santo, día de ocres y oros, de baladas tristes sonando a lo lejos. La pantalla gigante de la TV muestra escenas con fondo de nuestras exuberantes Cataratas del Iguazú. Es un fragmento de la película La Misión. Las imágenes me invaden engarzando en esmeraldas y rubíes este viernes otoñal a punto de desvanecerse mientras el chocolate y la canela del capuchino de hoy se hunden en la espuma blanquísima de la leche y un bombón de ciruela se disuelve en mi boca.
Susana Ruggiero
DERECHOS DE AUTOR.
lunes, agosto 08, 2011
LA PASIONARIA.
Mburukujá era una hermosa doncella española que había llegado a las tierras de los Guaraníes acompañando a su padre, un capitán del ejercito de la Corona. Mburukujá no era su nombre cristiano, sino el tierno apodo que le había dado un aborigen guaraní a quien ella amaba en secreto y con el que se encontraba a escondidas, ya que su padre jamás habría aprobado tal relación. En realidad, su padre ya había decidido que ella desposara a un capitán a quién el creía digno de obtener la mano de su única hija. Cuando le revelaron los planes de matrimonio, la joven suplicó que no la condenaran a consumirse junto a un hombre a quien no amaba, pero sus ruegos solamente lograron encender la cólera de su padre. La doncella lloró desconsolada, tratando de conmover el inflexible corazón de su padre, pero el viejo capitán no sólo confirmó su decisión sino que además le informó que debería permanecer confinada en la casa hasta que se celebrara boda. Mburukujá debió contentarse con ver a su amado desde la ventana de su habitación, ya que no estaba autorizada a salir a los jardines por la noche y difícilmente lograba burlar la vigilancia paterna. Sin embargo, envió a una criada de su confianza para que lo informara sobre su triste futuro. El joven indio no se resignó a perder a su amada, y todas las noches se acercaba a la casa intentando verla. Durante horas vigilaba el lugar, y sólo cuando se percataba de que los primeros rayos del sol podían delatar su posición se retiraba con su corazón triste, aunque no sin antes tocar una melancólica melodía en su flauta. Mburukujá no podía verlo, pero esos sonidos llegaban hasta sus oídos y la llenaban de alegría, ya que confirmaban que el amor entre ambos seguía tan vivo como siempre. Pero una mañana ya no fue arrullada por los agudos sones de la flauta. En vano esperó noche tras noche la vuelta de su amado. Imaginó que el joven indio podría estar herido en la selva, o que tal vez había sido víctima de alguna fiera, pero no se resignaba a creer que hubiese olvidado su amor por ella. La dulce niña se sumió en la tristeza. Su piel, otrora blanca y brillante como las primeras nieves, se volvió gris y opaca, y sus ojos ya no destellaron con hermosos brillos violáceos. Sus rojos labios, que antes solían sonreír, se cerraron en una triste mueca para que nadie pudiera enterarse de su pena de amor. Sin embargo, permaneció sentada frente a su ventana, soñando con ver aparecer algún día a su amante. Luego de varios días vio entre los matorrales cercanos la figura de una vieja india. Era la madre de su enamorado, quien acercándose a la ventana le contó que el joven había sido asesinado por el capitán, quien había descubierto el oculto romance de su hija. Mburukujá pareció recobrar sus fuerzas, y escapándose por la ventana siguió a la anciana hasta el lugar donde reposaba el cuerpo de su amado. Enloquecida por el dolor cavó una fosa con sus propias manos, y luego de depositar en ella el cuerpo de su amado confesó a la vieja india que terminaría con su propia vida ya que había perdido lo único que la ataba a este mundo. Tomó una de las flechas de su amado, y luego de pedirle a la mujer que una vez que todo estuviera consumado cubriera sus tumbas y los dejara descansar eternamente juntos, la clavó en medio de su pecho. Mburukujá se desplomó junto al cuerpo de aquel que en vida había amado. La anciana observó sorprendida como las plumas adheridas a la flecha comenzaban a transformarse en una extraña flor que brotaba del corazón de Mburukujá, pero cumplió con su promesa y cubrió la tumba de los jóvenes amantes. No pasó mucho tiempo antes de que los indios que recorrían la zona comenzaran a hablar de una extraña planta que nunca antes habían visto, y cuyas flores se cierran por la noche y se abren con los primeros rayos del sol, como si el nuevo día le diera vida. Nota: Los jesuitas, identificaron la flor del mburucuyá con los atributos de la pasión cristiana: la corona de espinas, los tres clavos, las cinco llagas y las cuerdas con que ataron al Jesús en el Calvario. Y en los rojos e irregulares frutos, los religiosos creyeron ver las gotas coaguladas de la sangre de Cristo. Esta flor tan singular, se cierra como si se marchitara al ponerse el sol, y se abre cobrando su brillo natural cuando amanece.
Una flor tan barroca como el siglo en el que fue introducida en Europa, a finales del XVII. Sufrútice trepador, provisto de zarcillos, hojas alternas, pecioladas y divididas en cinco gajos oblongos. Las flores solitarias, ligeramente perfumadas y pecioladas recuerdan la corona de espinas y los clavos, símbolos de Jesús Crucificado. Sépalos y pétalos son muy parecidos, de colores variados, desde el blanco verdecino al morado de la foto.
jueves, septiembre 18, 2008
Fiestas Mexicanas. Un relato de Tere García Ahued.
Con este relato tan bien descripto por mi amiga Tere, de Guanajuato, saludo especialmente a todas mis amigas y amigos mexicanos, levantando la copa para un brindis de Libertad!!! junto a ustedes, que los quiero tanto y que es muy larga la lista para dar los nombres de cada uno.
Y también con este post, saludo a la Comunidad Mexicana radicada en Argentina. Susuru
miércoles, septiembre 17, 2008
Memorias del grillo. Fragmento de Armando Tejada Gómez
Yo, simplemente, vine a nutrirme de asombro.
En mi niñez, recuerdo, me anegaba lo bello
como un agua sencilla. Ni siquiera recuerdo
cuándo dolió primero esta sangre que llevo.
No hay una fecha exacta de mi arribo al espanto.
Entraba a los misterios como Juan por su casa
y andaba enloquecido de tanta maravilla.
Todo esto sucedía de manera inocente.
No escuchaba el crujido, las roturas del día
ni el dolor de los árboles gastados por el viento.
Simplemente crecía con la simple opulencia
de un fruto en el verano. Ni siquiera sabía
que lo hermoso era hermoso: mi padre inaccesible
con su sombra gigante, mi voz, que no sonaba aún
sino por dentro. El aroma a regazo que envolvía a mi madre.
Andaba por la vida húmedo de milagro.
No digo que recuerdo, pero mi país era
casi de un verde siempre. Por donde uno anduviera
lo seguían los árboles. Un canal rumoroso lo partía en el medio
y luego se perdía por los cañaverales.
Mi país era bueno, loco de puro grillo
lleno de sol, maduro, con sus lentos caballos.
El agua, madre y greda, verde de yerba mota
nos lavaba el racimo de las uvas moradas.
Jugábamos al río con el canal crecido,
robábamos duraznos de corazón dorado
hacíamos fogatas altas como nosotros
y esperábamos siempre que sucediera algo
Allí supe que puede suceder lo increíble
apenas uno quiera penetrar y habitarlo
y sólo estar y estarse padeciendo el misterio
quietecito, en silencio: sometido al silencio
potente de la sangre. [...]"
Biografía oficial y fotos de A.Tejada Gómez en: http://www.tejadagomez.com.ar/
Agradezco a Dora quien me hizo llegar este fragmento de uno de nuestros grandes poetas argentinos nacido en Mendoza. En la lectura de estas letras me impactan sus recuerdos, la nostalgia que emerge del texto. Un tiempo que ya no es, un algo que ya no está. La añoranza, el exhilio, los amigos, el paisaje de su niñez teñido de los diferentes tonos mendocinos, del sonido de los ríos de montañas, de una época que fue y quedó hecha poesía y música para que hoy, podamos seguir sintiéndolo vivo. Vale la pena leer su biografía. Dejo la página especialmente en este post y así se comprenderá mejor el sentimiento de este hombre. Espero que lo disfruten. A mí, me permitió evocar los paseos que alguna vez realicé por Mendoza. Susuru.
Boomp3.comlunes, septiembre 15, 2008
gato barbieri - last tango in paris
sábado, septiembre 13, 2008
noche, AMIGA MIA!
y llegó la noche...y continúo sensible...espero dormir. Susuru
Ricuras dulces de mi país. Obsequio para todos. Pasen y prueben.
Estas exquisiteces artesanales, oriundas de distintos lugares, tales como los alfajores marplatenses, cordobes, chocolates bariloche, dulces patagónicos y pastelitos criollos, son algunas de las tantas pequeñas cosas que hoy quiero obsequiarles para que acompañen el té, el café, el mate. O después de la cena, almuerzo de mañana y compartan con amigos.
